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Pase, está usted en su casa.

19 de junio de 2013

Estamos a 12 de junio.

Con el tiempo he aprendido a degustar ciertos placeres baratos; uno de los más gratificantes es el momento que los funcionarios de frontera dedican al rutinario registro del vehículo. Esta vez serán primero iraníes y después armenios.

Lo que todavía no sabe el funcionario de turno es que no se lo vamos a poner nada fácil pero está a punto de descubrirlo. Con medida prepotencia y una desdeñosa mirada lejana (primera lección de la escuela de oficiales, me atrevo a pensar) hace el gesto de “abra”. Y yo abro (la puerta del conductor). Con entusiasmo revisa la guantera, revuelve papeles, abre la pitillera, coge, toca y pasa al salpicadero donde levanta nuestros mapas. Nada. Sale y entonces soy yo el que le dice “por aquí” y le dirijo a la parte de atrás. Abro las dos puertas y le miro. “Pase, está usted en su casa”, le hago saber. Y aquí viene lo interesante: durante los primeros dos segundos no entiende nada (en el mejor de los casos; porque a veces son 10 o 15, o incluso el gesto: “qué es esto” frunciendo el ceño y girando ligeramente la mano semiabierta); durante los dos siguientes una chispa de felicidad asoma en su cara (ha descifrado el enigma, ya sabe que esto no es un coche; esto es una casa); pero automáticamente después se desinfla y entonces… LA DUDA: ¿Qué coño hago ahora?, se estará preguntando. Ahora ya sabe que hacer el trabajo por el que le pagan podría convertir sus próximas muchas horas en una putada. Porque claro está que sus planes eran otros, y de buena tinta que serían tareas mucho más edificantes que perder su tiempo con nosotros. Esa es justo la cuestión que se estará planteando, perder el tiempo, perder su precioso tiempo. Han transcurrido unos interminables segundos (más para él, que para mí que me distraigo imaginando qué es lo que se le pasa por la cabeza). Más que probable que ahora mismo esté pensando en cómo salir de ésta de la forma más airosa posible, porque ya se ha decidido, todos deciden lo mismo, terminar con esto lo antes posible y adiós muy buenas.
El más sensato se dignará a preguntar, a caso bromeando, si llevamos drogas o armas. Un intercambio de risas dejará un buen sabor de boca en ambas partes. Pero el orgulloso es más divertido porque sacará fuerzas de donde le queden para no cruzar siquiera una mirada conmigo (no puedes flaquear es lo que le dice su reducido sentido común) y aún dedicará unas escuetas miradas por aquí y por allá, mirando pero sin ver. Y al fin, “adelante”, con un estudiado desdén en el gesto. Él no lo sabe (y esto juega a favor de su propia felicidad) pero aquí la víctima ha sido el verdugo. Y así nos distraemos, mira por dónde… Cheap thrills.

Por lo pronto, ya estamos en Armenia.
Oaia se destapa; eso con lo que caminaba eran unas piernas y le terminan en un culo y tiene un pelo detrás del pañuelo y curvas y lo demás… Me gusta mucho más en Armenia que en Irán. Oye, ¿nos tomamos una cervecita? Que ya es hora!

Hasta la próxima!

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From → Viaje

3 comentarios
  1. Carmen permalink

    Se echaba de menos leeros. Dan ganas de que recopiléis todo esto en un libro. Un abrazo fuerte desde Barcelona

  2. Andrea y Aina permalink

    ja ja ja me encanta que hayais vuelto…me tomaré mi tiempo para leer todo…pero de momento el funcionario de la frontera me ha encantado…je je..Besos familia

  3. Belén permalink

    Jajajajaaj… Buenísimo. Por fin habéis actualizado, se os echaba mucho de menos.
    Mil besos.

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