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Irán, segunda entrega. El Dasht-e-Kavir.

19 de junio de 2013

Estamos a 18 de mayo y seguimos actualizando nuestras últimas semanas estancia. Seguimos en la República Islámica de Irán.

Estamos de vuelta en la magnífica Isfahan, a la que hemos convertido en casa y punto de partida de las sucesivas excursiones a los alrededores. Que nadie se extrañe pues es una ciudad apacible, verde, tranquila y muy muy atractiva. Es un oasis que florece a puertas de dos enormes desiertos (el Dasht-e-Lut y el Dasht-e-Kavir) al sureste y al noreste respectivamente. Sin embargo, parece no darse cuenta de lo yermos que son sus alrededores y florece como la mejor de las ciudades tropicales en primavera.

El día 3 de mayo llegábamos a Isfahan en busca de cobijo, huyendo de la desmedida hospitalidad kurda del oeste de Irán (de la que ya hemos hablado en el capítulo anterior). Y no sólo encontramos el anonimato que toda ciudad se presta a dar sino que descubrimos uno de los lugares más hermosos del planeta (dicen los expertos y yo me lo creo). Pasamos 8 espléndidos días que ocupamos básicamente en paseos y tardes de parques y jardines, alguna que otra siesta y muy buenas lecturas.

Esta plaza es la plaza más bonita que he visto nunca (la foto no es capaz de hacerle justicia), para que os hagáis una idea:

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Una foto de una foto a la entrada de la mezquita:

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A Otto le ha parecido que la plaza no estaba lo suficientemente limpia (también en Isfahan):

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Nuestra segunda estancia en Isfahan comenzaría el 17 de mayo (que fue ayer), después de haber cruzado la mitad del Dasht-e-Kavir. Adentrándonos progresivamente en el desierto, Yazd fue nuestra primera toma de contacto. El centro de la ciudad es una suerte de callejones estrechísimos a los que sólo el implacable sol del mediodía tiene acceso. Y además, a salvo del peligroso e imprevisible tráfico iraní. Qué mejor sitio que éste para desempolvar las bicicletas y movernos sobre ruedas. Otto, por supuesto, encantado. Hemos causado sensación con nuestras bicis de colores.
Aquí lo podéis ver:

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Indudablemente, un clima tan severo como es el desértico debe combatirse con las mejores ideas arquitectónicas. El aprovechamiento de las corrientes de aire fresco es imprescindible y el badgir se ha convertido en el elemento más característico de Yazd. Estos torreones tienen aberturas en una, dos o más direcciones y captan las corrientes de aire dirigiendo las frías al interior de las casas reemplazando el aire cálido que asciende (el fabuloso gradiente térmico, el frío baja y el calor sube; muy simple, tanto como brillante). El fresquito entra directamente al patio central y pasa sobre el agua de una fuente o una poza o unos cántaros, o… con lo que además humidificas el aire seco haciéndolo más suave. Y claro, la vida se hace en el patio, ¿cómo no?

Estos sería los badgirs que forman el skyline de la ciudad:

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El agua del desierto, por supuesto es subterránea. Es que no llueve mucho, por aquí… Los qanats son lo que equivaldría a la red de aguas de una ciudad, sin necesidad del uso de bombas. La gravedad puede desafiarse a sí misma. Maravilloso.

Y en este contexto de confort, me imagino al peor y más incansable de los enemigos (el desierto en este caso), en una mezcla entre confundido y frustrado al ver que la ciudad sigue su vida a sus espaldas como si tal cosa. Total, que estamos muy a salvo.

Pues en éstas, y para ponerle la guinda, si es que aún no he despertado vuestro interés, la ciudad forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Una joya.

Aquí una foto del trabajo de chinos que es restaurar los mosaicos del Imperio Persa:

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Y la hoja que adornarán para las procesiones religiosas:

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En Yazd, tres días y tres noches y el objetivo puesto más lejos: al norte, en Farahzad (que nos describieron como el paraíso en el infierno). A medio camino, parada y fonda en el oasis de Garmeh. Aparcamos la furgo en el palmeral, justo al lado de la fuente (agua que da vida donde no debería haberla, ¡qué gustazo!). Un paseo por el oasis, una rica cena, una noche fresca y una tranquila mañana. Perfecto para continuar adentrándonos en el desierto.

Cuando hicimos la foto, pensamos: qué exageraos, pedazo de señal:

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Pero poco después lo entendimos:

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Unos 100 kilómetros más al norte, las dunas empiezan a rodear la carretera y se hace imprevisible que la carretera pueda continuar a salvo de la arena. Las enormes distancias recorridas en línea recta quedan atrás y por fin el camino serpentea intentando esquivar las dunas. Tras unos 20 kilómetros en los que la arena se ha adueñado totalmente del paisaje aparece la pequeña aldea agrícola de Mesr. He dicho agrícola, sí: pastos, cultivos y demás. Alucinante.

En Mesr muere la carretera y continúa un camino del que no auguramos el mejor destino. No obstante, continuamos. Cerramos las ventanas. La arena que nos dispara el viento es de todo menos divertida y nos preguntamos qué mierda hacemos ahí. Pero de pronto, Hassan nos abre una casa en medio de la nada (entendamos que la nada es sólo arena); San Pedro con sus llaves del cielo. Perteneció a su abuelo y la ha reconvertido en hostal: pensión completa a resguardo del calor y de los escorpiones. Somos los únicos inquilinos y es un anfitrión atento y a la vez discreto. La comida es una delicia y la habitación muy muy cómoda. Ciertamente es el paraíso en el infierno.

Al caer el sol paseamos por las dunas, sin conseguir quitarme de la cabeza la idea de los escorpiones y de las serpientes. Y la psicosis se hace grande… ¿Se mimetizan las serpientes con la arena? Seguro que esperan agazapadas a que nuestros pies estén lo suficientemente cerca para que no podamos escapar. ¿Se oirán desde aquí nuestros gritos desesperados? Si nos atacan, estamos tan lejos de un hospital que seguro morimos de camino. Y esta gente: ¿arriesga su vida todos los días? Hassan dice que no hay que preocuparse, que aún es pronto. ¿Qué quiere decir? ¿De hora? ¿De estación? Si nosotros decidimos pasear, ¿no pueden pensar lo mismo las serpientes? O los escorpiones… Qué tarde tan suave, voy a ver si como algo… Uff, cambiemos de tema…
Como no desatar psicosis con bichos como éstos…

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Pero aún y así, hemos disfrutado mucho en las dunas:

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Ha sido una gran idea venir hasta aquí. Y lo ratifica el menú de BarAndaz Lodge:

Comida: Gormeh sabzi (estofado, en este caso de carne de camello, con judías pintas y una mezcla de espinacas y otras hierbas que no hemos sabido descubrir qué son). Riquísimo.
Cena: Ash (caldo amarillo especiado con base de yogur agrio y al que se echan picatostes de nan y se acompaña con cebolla cruda). Una combinación deliciosa.
Desayuno del día siguiente: huevos, pan, mantequilla, mermelada y queso.
Y, por supuesto, chai (té) y doogh (que es una especie de yogur líquido agrio pero muy refrescante; similar al ayran turco). Sin dejar de mencionar las famosas sandías y melones iraníes.

Ha sido un placer. Tengo la impresión de que nos volveremos a ver. ¡Hasta la próxima, Hassan!

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Cargados con agua fresca y melones cortesía de la casa, nos ponemos en camino.
A la altura de Anarak nos ha pillado una tormenta de arena. Qué 30 kilómetros más malos… Y además, el polvo acaba colándose por muy bien cerrado que esté todo. Qué angustia…

Y con ésas llegamos al 17 de mayo. En Isfahan no hay rastro de tormenta de arena. Se sigue respirando la frescura y la tranquilidad que vivimos la semana anterior. Mismo apartamento, mismos parques… Qué bien, de nuevo en casa.

Pongamos que estamos a viernes y que, como a nuestro domingo, se le dedica el más apropiado descanso. Los parques se llenan de familias de picnic que desayunan, comen o cenan. O las tres cosas. Miles de balones arriba y abajo y niños detrás. Cada uno sabe en que equipo juega, contra quién y lo más importante: cuál de todas es su pelota. Como en el patio del cole. Qué listos éramos de pequeños… Los parques son una fiesta en Irán todas las tardes pero sobre todo, los viernes.
Otto juega a fútbol con Naná, que tiene tres años recién cumplidos. Mientras, sus padres (que en este caso seríamos nosotros y los suyos), sumados al resto de una gran familia de 8 hermanos, nos acomodamos en mantas sobre la hierba, bebemos té y comemos kabab y el barjané típico de Isfahan.
Otto se lo pasa pipa:

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Como existirá una tercera estancia en Isfahan, después de nuestro viaje a Shiraz, Ghamadi y su familia nos han hecho prometer que será en su casa. No os gastéis el dinero en hoteles, en mi casa estaréis mejor y gratis… Y decimos que sí pero pensamos que ya veremos, más que probable que no. Pero eso no lo saben ellos. Gracias, de todos modos.

Y después del viernes viene el sábado… Pero esto será en un próximo capítulo.

Un abrazo grande.

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From → Viaje

One Comment
  1. Ralph permalink

    OK, so you’re afraid of scorpions- Malen’s afraid of flies.
    You’re making my mouth water with the menu.

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