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¿Porqué la Lonely Planet miente?

Dice la Lonely Planet sobre Georgia (entre otras cosas) que: “… this is a place where guests are considered blessings and hospitality is the very stuff of life.”
Siendo sólo un poco rigurosos sería algo como que nos consideran una bendición y la hospitalidad es una forma de vida… ¡Y una mierda!

Sirva un ejemplo para ejemplificar, claro está, con un simple detalle lo que de otro modo se convertiría, sin duda, en una descripción más larga y también más tediosa. Benditos ejemplos. Éste sería: Buscamos el cruce de la calle Beridze con la calle Iveria y como después descubriríamos, estamos muy muy cerca. Como preguntar en Barcelona por el cruce de Tallers con Valldonzella estando en Pelayo, o de Avinyó con Ample estando en Paseo Colón. En fin, cosa de niños; sólo hay que escoger bien a nuestra víctima. En este caso, víctimas, porque son cuatro; descargan cajas de un camión y las meten en un comercio, por lo que entendemos que o bien, los repartidores conocerán el barrio, o bien, y de esto no cabe duda, el o los tenderos sí sabrán darnos una indicación. Me acerco y y les pregunto: Beridze qucha, Iveria qucha?, porque ya sabemos que qucha es calle. Sé que saben que estoy aquí, porque han parado de descargar y me han mirado. Pero nada. Vuelvo a preguntar, no sea que no me hayan escuchado. Lo mismo, como quien oye llover… Samuel llamando a la tierra… Hola, hola!? Ni media palabra, ni siquiera un gesto; han vuelto la cabeza y de nuevo a currar. Qué majos… así da gusto. Pues nada, gracias.

De haber sido un caso aislado no me hubiera atrevido a generalizar sobre el trato recibido por los georgianos: indiferente, en el mejor de los casos, déspota, en otros. De la misma gente de la que Lonely Planet dice y vuelvo a citar: que somos blessings y tal y tal…
Lo siento, pero no! No son así, y esto es una realidad. No estamos hablando del precio de tal o cual hostal o de si esta o tal otra zona son bonitas (a ojos de quién? justificaríamos). No, estamos hablando de la hospitalidad. Eso es algo que se huele en los primeros cinco minutos, incluso antes de dejar atrás el puesto fronterizo. Y aquí no está. No la busquéis porque no está. No pasa nada. Tienen otras cosas: tienen un bonito país, con un paisaje exuberante, montañas enormes (muchas y de las más altas del mundo), una costa interesante (aunque un poco sucia), pero no hospitalidad, eso no.

Y con ésas y con otras, hemos pasado unos días en Tbilisi, de los que hay que destacar que es una ciudad de las que nos gustan, de ésas que tienen callejuelas donde perderse, con edificios de varios siglos de antigüedad (un poco maltrechos; y eso le da un toque lacónico), de las que tienen un montón de terracitas donde saciar la sed con una cervecita fresca… pero como la gente no nos ha gustado, no nos ha valido la pena. Una lástima.

Esta es la ciudad, para el que le quiera echar un vistazo:

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Bueno, esto es la ciudad también pero el plano es mejor…

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También en Tbilisi: El otro día estábamos en un parque, de los de niños (esto es con tobogán, columpios y demás), que dicho sea de paso era una mierda. Por varias razones, y hago un inciso en el relato: primero porque no tenía sombra y eso es algo indispensable porque disfrutarlo de noche no es una opción (por las noches se duerme) y en verano hace un calor de muerte; segundo porque no era práctico, sólo pretendía ser bonito y esto a los niños les da igual; y tercero y más importante (para el relato por lo menos), que no había más que dos tristes bancos para que los papás, que siempre nos cansamos antes que nuestro hijos, nos sentemos a descansar. Dicho esto, y prosigo, estamos ante una situación parecida a lo que fácilmente reconoceremos como el acecho ante la terraza de un bar sin mesas libres: “a aquellos les queda poca birra”, “huy, ¿ésos van a pagar?”, “acércate que no nos quiten la mesa”, “sí, nosotros también estamos esperando”. Pues aquí, con los bancos…
Pero no pasa nada, porque hay un montón de mesas y sillas diminutas y los niños no se sientan nunca. Perfecto, nos acomodamos y: ¡mira Oaia!, un segurata, ¿que hace aquí, en un parque de niños?, ¿qué falta hará?… – Levantad, que esto es para los niños (es lo que entendemos de sus gestos y de su tono). Y así es, efectivamente, porque los otros papás están levantándose también. Madre del amor amor hermoso, pero qué es esto, aquí seguro no vienen los chavales a fumarse los porros…
La siguiente hora, hemos estado bien distraídos: un poco por indignación aunque más por curiosidad, le hemos seguido los pasos. Este tío trabaja un huevo… Tantos otros papás han sufrido la misma suerte que nosotros en este rato, pero una responsabilidad más grande le llama: una pareja de recién casados, cumpliendo con su álbum de fotos, ha creído que era una idea espléndida balancearse en el columpio (de ésos de cesta en los que caben un montón de niños). Y todo iba de la más romántica manera hasta que ha aparecido LA LEY Y EL ORDEN y: ¡Venga pa arriba que esto es para niños!, sin olvidarse, desde luego, de algunos invitados que habían optado por sentarse en los bancos diminutos y claro… no se puede. De vuelta, tiene unos segundos para llamarle la atención a dos niños que estaban en el otro columpio (que no es para niños, es para uno sólo), justo antes de salir disparado. Le seguimos con la mirada. Acaba de interceptar a un vendedor ambulante al tiempo en que le acorralaban otros dos seguratas. Por Dios, uno parecía una exageración, pero ¡TRES!!!… es un atropello. Y así hemos pasado el rato.

Llegados a este punto nos preguntamos si es o no paradójico que en un país que goza de un gobierno democrático real y que se supone libre, se coarte la libertad con una apabullante presencia policial y que en cambio, en otro (Irán en este caso) que vive una dictadura, que además es teocrática y por tanto basada en el miedo y el sufrimiento, se respire una mayor libertad en el quehacer diario de sus ciudadanos. No quiero crear con esto un equívoco y he de decir que la libertad que más duele perder es la de pensamiento. Pero, cuanto menos, sí es paradójico.

Después de Tbilisi aún hemos pasado un par de días recorriendo el país dirección oeste, pasando por montañas, bosques y después playas para después cruzar a Turquía. Este país sí que nos gusta. Si no es el país más interesante en el que hemos estado es porque esa posición la ocupa Irán, pero sí es el país donde más a gusto nos sentimos. Aquí estamos de nuevo, a 26 de Junio.

Os vamos contando…

PD. Sería injusto no mencionar a Tsotne y a Ani, que nos han deleitado con lo que mejor saben hacer los georgianos, que es beber y comer. Gracias por descubrirnos y por equilibrar un poco la balanza hacia el lado humano.

Vacas

Armenia es el contrapunto perfecto para un país como Irán. Toda la vegetación que le falta a Irán la tiene Armenia y toda la atención que nos prestaban los iraníes les falta a los armenios. Con estos precedentes es fácil llegar a la conclusión de que si buscas un lugar en la montaña rodeado de naturaleza para estar tranquilo, este país, quiero decir Armenia, es el lugar perfecto para conseguirlo. Ha sido un soplo de aire fresco. La privacidad es un término que llevábamos un tiempo usando nada más que para echarlo de menos y poder disfrutarla por fin ha sido gloria.

En Armenia no hemos tocado un sólo núcleo urbano más de lo que dura una compra en el super. Hemos recorrido el país por carreteras secundarias cruzando las montañas y las nieves. Ha sido una experiencia muy gratificante cruzar un paisaje tan exuberante. Punto final.

Qué cortita me ha quedado esta entrada. Más para la próxima.

Antes de despedirnos, unas fotos.

Un reventón en un puerto de montaña. Qué suerte tener un buen ayudante…

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Parece un buen lugar para pasar la noche, ¿verdad?..

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Holgazaneando en la hamaca…

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De buena mañana hemos descubierto a nuestras nuevas vecinas. Papa, ven aquí. Vacas.

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Son un poco chafarderas…

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Y seguimos…

Las mil y una noches

Érase una vez el país de las rosas y del azafrán: un país de sabios y poetas mecidos por el desierto y protegidos por un cielo azul lapislázuli; un pueblo respetuoso con las lenguas y culturas de los demás pueblos conquistados; cuna de obras de arte de ensueño. Pero como pasa en la vida real este país de cuento también tenía sus enemigos más acérrimos. Estos eran pues, el dinero, el poder y el fanatismo. Se aliaron y, al instante, los sabios y poetas perecieron. Con el paso del tiempo, además, las flores se marchitarían y sólo el miedo florecería.

Érase una vez, también, una niña de ojos avellana nacida entre aquellas líneas de miedo y confusión. Sin embargo, tuvo la gran suerte de crecer en medio de la trama de una fábula pastoril que transcurrió apaciblemente en un país alejado del drama. Y es así como esta niña creció libre y feliz convirtiéndose en una mujer de ojos avellana. Desgraciadamente, la fábula llegó a su fin y su personaje fue requerido para continuar con la turbia historia del país de las rosas. De pronto
las risas y los juegos se le prohibieron, la melodía a su alrededor se apagó y, lentamente, la brisa fresca del campo se volvió reseca y opresiva llenando sus pulmones de arena.
Tan enmarañada era la historia que no le era posible encontrar la última página del cuento, con la tan ansiada palabra FIN, tan solo la palabra continuará, continuará, continuará… una y otra vez. Y mientras, el cielo plomizo de su nueva ciudad la iba engullendo…

Y colorín colorado, señores lectores, este cuento aún no ha acabado.

Pase, está usted en su casa.

Estamos a 12 de junio.

Con el tiempo he aprendido a degustar ciertos placeres baratos; uno de los más gratificantes es el momento que los funcionarios de frontera dedican al rutinario registro del vehículo. Esta vez serán primero iraníes y después armenios.

Lo que todavía no sabe el funcionario de turno es que no se lo vamos a poner nada fácil pero está a punto de descubrirlo. Con medida prepotencia y una desdeñosa mirada lejana (primera lección de la escuela de oficiales, me atrevo a pensar) hace el gesto de “abra”. Y yo abro (la puerta del conductor). Con entusiasmo revisa la guantera, revuelve papeles, abre la pitillera, coge, toca y pasa al salpicadero donde levanta nuestros mapas. Nada. Sale y entonces soy yo el que le dice “por aquí” y le dirijo a la parte de atrás. Abro las dos puertas y le miro. “Pase, está usted en su casa”, le hago saber. Y aquí viene lo interesante: durante los primeros dos segundos no entiende nada (en el mejor de los casos; porque a veces son 10 o 15, o incluso el gesto: “qué es esto” frunciendo el ceño y girando ligeramente la mano semiabierta); durante los dos siguientes una chispa de felicidad asoma en su cara (ha descifrado el enigma, ya sabe que esto no es un coche; esto es una casa); pero automáticamente después se desinfla y entonces… LA DUDA: ¿Qué coño hago ahora?, se estará preguntando. Ahora ya sabe que hacer el trabajo por el que le pagan podría convertir sus próximas muchas horas en una putada. Porque claro está que sus planes eran otros, y de buena tinta que serían tareas mucho más edificantes que perder su tiempo con nosotros. Esa es justo la cuestión que se estará planteando, perder el tiempo, perder su precioso tiempo. Han transcurrido unos interminables segundos (más para él, que para mí que me distraigo imaginando qué es lo que se le pasa por la cabeza). Más que probable que ahora mismo esté pensando en cómo salir de ésta de la forma más airosa posible, porque ya se ha decidido, todos deciden lo mismo, terminar con esto lo antes posible y adiós muy buenas.
El más sensato se dignará a preguntar, a caso bromeando, si llevamos drogas o armas. Un intercambio de risas dejará un buen sabor de boca en ambas partes. Pero el orgulloso es más divertido porque sacará fuerzas de donde le queden para no cruzar siquiera una mirada conmigo (no puedes flaquear es lo que le dice su reducido sentido común) y aún dedicará unas escuetas miradas por aquí y por allá, mirando pero sin ver. Y al fin, “adelante”, con un estudiado desdén en el gesto. Él no lo sabe (y esto juega a favor de su propia felicidad) pero aquí la víctima ha sido el verdugo. Y así nos distraemos, mira por dónde… Cheap thrills.

Por lo pronto, ya estamos en Armenia.
Oaia se destapa; eso con lo que caminaba eran unas piernas y le terminan en un culo y tiene un pelo detrás del pañuelo y curvas y lo demás… Me gusta mucho más en Armenia que en Irán. Oye, ¿nos tomamos una cervecita? Que ya es hora!

Hasta la próxima!

Tres días en Teherán

Día 4 de junio. Tráfico fluido en Teherán; algo muy excepcional tratándose de una ciudad vertical de extensión modesta con seguro cerca de 12 millones de coches. La ciudad está casi vacía (esta semana es el aniversario de la muerte de Jomeini). Los teheraníes bromean diciendo que Jomeini murió en la playa; por eso ellos aprovechan esta semana para irse a pasar unos días en la costa. En apenas 15 minutos hemos cruzado de sur a norte la capital, llegando a los pies de los montes Alborz (la cordillera más importante de Irán que cruza el norte del país de este a oeste (o la inversa, en este caso no importaría). En un barrio pequeño de la sierra de Teherán, que antes fue pueblo pero que acabó engulliéndolo la urbe, nos esperan unos recién conocidos deliciosos.

Khoda y Omid han crecido más fuera que dentro de la que irremediablemente es su nación, y con eso me refiero primero a que han crecido en otro u otros países y segundo a que el hecho que lo haga irremediable es que tienen una perspectiva del mundo mucho más amplia de la que su país les permite tener.

No me entretengo en explicar los detalles de lo que hemos hecho o hemos dejado de hacer, ni de ninguna de nuestras conversaciones. Es sólo discreción, por no comprometer a nadie. Irán es un país más peligroso de lo que parece a simple vista y nada tiene que ver con las armas nucleares sino más bien con la propia seguridad ciudadana. Dejémoslo ahí.

Hemos disfrutado de conversaciones deliciosas (hacía tiempo que no conectábamos con nadie), y después de un par de días estamos preparados para salir disparados hacia la costa; hoy es viernes y se acaba la semana de vacaciones, Teherán no tardará en volver a llenarse; hay que escapar cuanto antes.

Nos dirigimos a Qazvin. Poco antes, un desvío a la derecha indica Alamout Valley. Ése es nuestro próximo destino. Queremos cruzar, si es posible y la carretera lo permite, los montes Alborz por el paso Salambar. En el castillo de Hasan Sabbah, un hombre nos dibuja un croquis lo suficientemente descriptivo como para entender que el paso está abierto, que es un trayecto largo y que es muy muy bonito (repite una y otra vez heili hubé). Desde aquí nos esperan unas cuatro horas de puerto de montaña. Los Alborz como telón de fondo durante toda la subida nos hacen sentir muy muy pequeñitos y la nieve amenaza en varios puntos con cerrarnos el camino. El punto de inflexión o lo que es lo mismo el lugar en el que cambiamos de ir subiendo a ir bajando está a 2815 metros y un caravanserai en un estado bastante lamentable dice que tiempo atrás seguro sirvió de refugio y descanso para los comerciantes de la ruta de la seda.

Marcha corta (que no conviene usar demasiado los frenos) y cuesta abajo. Un paisaje selvático se hace cada vez más frondoso a medida que descendemos. Toda la vertiente norte de los Alborz es jungla. Aquí se concentra la única vegetación verdaderamente salvaje de todo el país. Una pena que la intensa niebla no nos haya dejado disfrutar del descenso en toda su extensión.

Aunque lo que de verdad sí es una pena es lo que encuentras cuando dejas atrás la selva. Una costa terriblemente construida; hasta el más mínimo metro de terreno. Un pueblo se confunde con el siguiente y el siguiente con el siguiente y así sucesivamente. Ni el mar es mar ni las playas son playas. Es verdad que eso que hay detrás de las piedras y de la basura es agua, pero yo no me atrevería a darles un nombre.
Y como es de recibo, salimos pitando de aquí. Venga!, vámonos a Armenia. Camino de la frontera aún hemos tenido tiempo de adentrarnos un poco más en la selva en el camino que va de Siakhal a Deylaman. Queda recomendado.

En la próxima os contamos la experiencia de los pasos fronterizos.

Besos y buena suerte.

Irán, tercera entrega. Shiraz.

Estamos a 20 de mayo y esta noche tenemos cena en casa de Hussein. Que comamos ligero y hagamos hambre, nos han dicho. No hay problema, hecho.

Hussein habla castellano. Tiene una tienda de alfombras en el bazar y vive a caballo entre Isfahan y Vigo, donde tiene otra tienda con un socio español.
Jamileh es su mujer y por las referencias que tenemos, también una cocinera estupenda, o al menos es lo que dice Ana Mª Briongos en el libro ‘El meu Iràn’ que dedica a estos dos. Ana Mª, además tiene un libro de cocina iraní que incluye algunas de las recetas de Jamileh.
Con estos antecedentes, se ha creado una gran expectación en torno a su invitación.

Para deleite de la memoria, escribo el menú:

Ash: sopa con base de kashk, pasta, verduras, legumbres,…
Tah dig: arroz crujiente que se ha pegado al fondo de olla. Delicioso, parece que es muy difícil de conseguir, sin que se queme.
Una especie de estofado de lentejas, arroz con eneldo y patata, un rico pollo al horno y una ensaladita completan el menú.
Y por supuesto yogur y doogh y té. Y melón también. Y pastas y dulces. Y…

Gracias familia por la velada; también a ti, Yussef.

Dos días después, el tiempo apremia. Nos quedan sólo cuatro de los 30 días de visado. Así que salimos prontito camino de Shiraz, que es donde menos problemas tienen para extenderlo. Estamos un poco cagaos porque están denegando visados para el mes de Junio. El 14 son las elecciones y el gobierno no quiere tener turistas. Si no lo conseguimos, tendremos que salir del país a toda ostia (más de 2000km en dos días). Crucemos los dedos.

Día 23 de mayo, 11 de la mañana, Departamento de Asuntos Exteriores de la Policía de Shiraz. -Cuánto queréis, un mes más? Mira, llevad este papel al banco, pagáis y volvéis. Os lo vamos preparando.- nos dice el funcionario de turno. Joder, qué fácil. Ni una sola pregunta, ni una sola pega. 30 días más que nos han costado 24 dólares y poco más de una hora. Shiraz seguirá teniendo buenas referencias burocráticas.

Y ahora toca disfrutar de la ciudad. Nos dirigimos al parque de la libertad (Azadi), aunque parezca mentira que se le pueda llamar así a algo en Irán. A dos pasos del parque, una calle tranquila, sombrita y algo importante: los lavabos públicos cerca.

Si lo que se pretende cuando se viaja a una ciudad es hacer turismo, nada más lejos de nuestras intenciones. Hemos pasado seis días sin apenas salir del parque. Sólo nos ha faltado plantar la tienda en la hierba, como han hecho tantos otros iraníes. Qué forma de disfrutar de los parques… El camping gas y las ollas, la tienda de campaña, mantas, cojines y por supuesto las teteras (porque aquí de cerveza nada). La gente lleva media casa en el maletero del coche y aprovecha la mínima para plantar campamento.

Y tras un largo domingo de noviazgo con Shiraz (en realidad era miércoles, pero la sensación era la misma) nos encaminamos de nuevo a Isfahan. Siguiendo una ruta alternativa que nos ha recomendado un guía, hemos hecho noche a pies del monte Denah (con sus imponentes 4700 metros de altitud) y hemos escapado del calor tan rotundo que venimos viviendo desde que llegamos a Irán.

Paso por alto nuestra última estancia en Isfahan, no por menos importante ni tampoco por falta de anécdotas, sino más por no empacharos con un nuevo episodio de una ciudad con la que ya hemos llenado unas cuantas líneas. Y de ese modo, a día 3 de Junio, estamos de camino a Teherán, la gran capital. No tenemos ninguna intención de conocer la ciudad, sólo venimos de visita. De hecho hemos aprovechado una semana de luto (nada más y nada que el aniversario de la muerte de Jomeini) en la que los teheraníes se largan al campo o a la playa y así no hemos tenido que sufrir el tráfico de la capital. Pero esto os lo explicaré en el próximo capítulo.

Pero antes, para que no se diga, un par de fotillos.

Otto, cómo no…

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Y en esta foto de Persépolis, podréis ver a lo lejos un par de cipreses paseando…

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Y nada más por ahora. Suerte!